La gesta de la selección en cada partido trascendió el fútbol para convertirse en un acto de resistencia cultural, soberanía y esperanza popular.

Por Irene Rasetto

Equipo de Comunicación Popular Colectivo Al Margen Fuente: https://almargen.org.ar/ – 21 de julio, 2026

Terminó el mundial 2026 y no fue un mundial más. Con una épica asombrosa nos fue invadiendo un sentimiento y un espíritu mundialista que no existía al comienzo. Cada triunfo de Argentina no era solo un avance en el torneo: se iba tejiendo poco a poco un sentimiento de unidad y de orgullo de ser argentino que se había perdido en los últimos años. Nos sentimos nuevamente orgullosos de nuestra cultura, de nuestra forma de ser, de esa argentinidad al palo que tienen nuestras canciones, nuestra manera de alentar, de sentir y vivir una fiesta popular.

Nos juntamos con amigos, hacemos un ritual de cada partido, nos abrazamos y nos emocionamos con desconocidos, unimos cualquier grieta que pudiera haber por religión, política, género o clase social: nos une el sentir nacional, nuestra bandera y nuestra Patria y damos la bienvenida a cualquier persona de otra nacionalidad que quiera ser parte de este sentimiento.

En estos años de gobierno libertario para poder pasar de forma tan descomunal y despiadada la famosa motosierra fue, y sigue siendo fundamental, la batalla cultural. Es necesario la descomposición social, la perdida de empatía y solidaridad para que el pueblo acepte sin rebelarse la pérdida de derechos y la bajada en picada de los salarios.  El otro que me roba y me quita la plata, no solo paso a ser el planero, sino también los jubilados, los estudiantes, los docentes, los discapacitados, los científicos, cualquier persona o ente que reciba una prestación del Estado. Fue necesario disolver lo colectivo, a los “colectivistas”, la idea de bien común y justicia social, para destruir un Estado que en menor o mayor medida es el que gestiona y distribuye los recursos de manera justa y solidaria.

La crueldad se puso de moda y el individualismo se instaló como forma natural y lógica de vivir y sobrevivir. En este contexto se vuelve a dar un mundial de fútbol donde lo colectivo se puso por encima de los intereses y egos individuales. Jugadores de primera liga poniéndose al servicio del equipo jugando por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo.  En definitiva, por el otro, por el bien común y el de todos. Fuimos amados, odiados y envidiados al mismo tiempo, por esa unión, por esa pasión de entrega fuera y dentro de la cancha para que otro sea feliz.

Como coralario de esta épica colectiva se sumó en el último partido ganado la defensa simbólica de nuestra soberanía. La vocería periodística del oficialismo se empeñó en empañar y ningunear no solo manifestaciones populares como fue la caravana masiva con la muerte del Indio, sino en instalar una dicotomía entre el héroe de las personas de bien como Messi y el héroe de las personas del mal como Maradona.  

Utilizando manifestaciones que tuvieron algunas personas sobre la tibieza de la selección o el descontento con Messi por el saludo a Trump quisieron instalar la idea del odio hacia Messi y la selección por parte de kukas y zurdos.  El despliegue de la bandera de Malvinas que hicieron los jugadores no solo tiró abajo esa intención de poner a la selección del lado del bien y de lo políticamente correcto, sino que puso de manifiesto el sentimiento popular de ser soberanos y de no someternos a los poderes colonialistas.  La irreverencia y rebeldía del Diego se coló en donde menos se lo esperaban.

No fue un mundial más, fue San Martin enfermo con el último aliento cruzando los Andes, fue la revancha de los pibes de Malvinas, fue el sentir nuevamente el orgullo de ser argentino fue el Diego desde el cielo creando el mejor final para el mejor jugador de todos los tiempos y fue sobretodo recuperar un poco la fe y esperanza de que no todo está perdido.  

Elijo creer.