En esta marcha número 11, las mujeres con las que habló El Destape en la Plaza Congreso no parecen tener el foco puesto en el Gobierno o el Congreso, como en otros años. Sus pedidos, sus esfuerzos están orientados a «educar» y «explicar» a los hombres de su vida: padres, abuelos, hermanos, esposos, novios, amigos, compañeros de trabajo y hasta profesores. 

Por María Laura Carpineta – Funte: https://www.eldestapeweb.com/ – 04 de junio, 2026

El nombre de Agostina sobrevuela cada conversación y aparece en cada cartel que colman desde la tarde la Plaza del Congreso. Todas las mujeres que se movilizaron en esta nueva marcha del Ni Una Menos están atravesadas por el femicidio de Agostina Vega en Córdoba, el de Dulce María Candia en Misiones y el de Noelia Rivero en Temperley, todos cometidos en los últimos días. Pero cuando El Destape se acerca y entabla una conversación inmediatamente aparecen las historias propias, las cicatrices -a veces muy antiguas, otras más recientes- que realmente explican la angustia y la urgencia de los gritos que contiene el Ni Una Menos: ¡Basta! ¿Hasta cuándo? ¿Por qué la saña? ¿Por qué siguen juzgando a las víctimas? ¿Por qué las mujeres tienen que vivir con miedo y los hombres no?

La de este miércoles fue la convocatoria número 11 de Ni Una Menos, pero para muchas de las mujeres que estuvieron este miércoles en la Plaza del Congreso fue su primera marcha contra la violencia de género. Una de ellas fue Jeni, una joven de 22 años de Monte Grande que no solo se movilizó sino que trajo a seis familiares, incluida la más chiquita, una beba de apenas seis meses. Para todos fue la primera vez y, cuando intentaron explicar por qué, la única palabra que les salía era «shock»: «Estamos en shock». Hasta febrero cuando renunció a su trabajo, Jeni trabajaba con Noelia Rivero, era su jefa. Además, era la prima del profesor de taekwondo de su primo Mateo de 13 años. La mamá de Mateo contó que en su casa ella siempre intenta que se hable de los riesgos de la violencia de los hombres contra las mujeres y su hijo, al lado, asiente pero hace una mueca. «Pero en casa nada más. Con mis amigos no se habla, no es un tema de conversación, ni con mis amigos ni con mis amigas,» dijo.

Esta falta de diálogo reaparece en casi todas las conversaciones de las que participó este portal a lo largo de la tarde en la plaza. Viviana y Analía son maestras de nivel inicial en Esteban Echeverría en un jardín de infantes rural. Contaron que es difícil porque «con el desfinanciamiento de Milei a las políticas de cuidado y de género ya no se puede más». No obstante, reivindicaron que todavía pueden impartir el plan de Educación Sexual Integral (ESI). «Igual es un trabajo que va a llevar décadas. Muchas veces las familias silencian mucho. En las charlas con nosotros reflexionan, pero a veces cuesta que entiendan que un golpe a sus hijas, por ejemplo, no es algo normal. Pero por ejemplo cuando les contamos a un grupo de mamás que hoy veníamos a marchar por ellas también, porque todas las mujeres somos violentadas en muchos niveles y en muchos ambientes, no dijeron nada, pero hubo miradas cómplices, saben de lo que hablamos», contó Analía. 

Este silencio y esta negación también domina el resto de los niveles del sistema educativo. Una profesora de secundario de Moreno pidió no dar su nombre, pero contó su dura historia familiar y cómo hoy la ve reflejada en las historias que le cuentan sus alumnas. Tiene 57 años, su abuela fue asesinada “por un loco que estaba enamorada de ella” adelante de su papá cuando era chiquito, ella misma fue abusada por su primo a los 11 años y recién se animó a contarlo de grande, después de que una psicóloga le explicara que no era su culpa, que no gritó ni se resistió porque estaba aterrada y no porque le gustó, su mayor miedo durante más de tres décadas.

Y ahí no termina su historia, relató secándose las lágrimas. Hace unos 10 años, su cuñado la empezó a acosar por teléfono. Se lo dijo a su hermana y ni ella ni su mamá le creyeron. Entonces, se enteró que el mismo hombre espiaba a su sobrina -que tenía la misma edad de ella cuando fue abusada- cuando se bañaba. Esta vez, su hermana lo creyó porque su hija se dio cuenta. Al contarlo, las dos hermanas se miran con cariño, se perdonaron porque, coinciden: «Las dos sabemos lo que es que nos manipulen, nos abusen». 

Hoy, una de ellas, la profesora, se hizo cargo de la biblioteca de su escuela y la convirtió en una suerte de santuario para que sus alumnas vayan a contarle lo que no le pueden contar a nadie más o lo que nadie más les cree. «Me cuentan que hay hombres que les mandan mensajes cariñosos, fotos explícitas y me preguntan por tal o cual profesor porque creen que las mira mucho», relató y agregó: «Tenemos que mirar para todos lados. ¿Sabes la cantidad de mujeres acá o en sus casas que sufrieron cosas parecidas y nunca se animaron a contarlo? No sé si es muy ingenuo pensar que esto puede cambiar, pero ¿qué otra opción tenemos? Al menos estamos acá».

Estar ahí, en la Plaza Congreso otra vez, puede parecer poco pero para muchas mujeres que se movilizaron es la oportunidad de no sentirse solas en su angustia, en sus miedos y en su incomodidad con una sociedad en la que sólo una mitad crece sabiendo que se tiene que cuidar, adentro y fuera de su casa. Para Mariana Bogado poder haber participado de su primera marcha de Ni Una Menos fue un paso muy importante. Hace cinco años, la pareja de su hermana Micaela la bañó en aguarrás, la prendió fuego y casi logra hacer pasar el femicidio como un accidente. Micaela logró sobrevivir 70 días al ataque y en los pocos días que estuvo despierta contó todo. 

El femicida también murió -para hacerlo pasar por un accidente también se prendió fuego, pero no pudo controlar las llamas- por lo que, explicó, nunca va tener justicia. Pero este miércoles sí pudo llevar a su hijo de seis años y un cartel con la cara y el nombre de su hermana a la marcha para decirle a todos que no la olvidó y no la va a olvidar. «Hace cinco años, mató a una parte de mi familia y no salimos nunca de la tristeza. A los cuatro meses, me diagnosticaron cáncer y recién ahora me curé y puedo venir. Pero es difícil porque es como revivirlo todo el tiempo», le explicó a este portal.

La Plaza está repleta de columnas de sindicatos, organizaciones sociales, centros de estudiantes y partidos políticos, pero también está salpicada por ronditas de amigas, algunas con mate, otras escribiendo carteles, otras haciendo malabares para maquillarse mientras sostienen mochilas, banderas y pañuelos. Muchas de ellas, aprovechan la juntada para intercambiar historias y contarse los últimos datos de los femicidios que inundaron los canales de televisión. 

En uno de los parches de pasto, un grupo de siete amigas, compañeras de militancia la mayoría, de entre veintilargos y treinticortos, esperó la lectura del documento de Ni Una Menos sentadas en una ronda. Todas son de Capital, menos una recién llegada de Entre Ríos que conocieron en el colectivo yendo a Congreso. «Ayer con unas compañeras de trabajo nos pusimos hablar de esto, de Agostina, de la violencia de género que existe, en el trabajo y de inmediato la reacción de los hombres fue de rechazo. Agarraron el celular. Estaban como incómodos», contó una y otra le respondió: «Es que cuando estas en una conversación de cualquier tema, escupen la misoginia, se les escapa. Y cuando les decís algo, sos una histérica, una exagerada».

Y la discusión sigue: «Cuando hay casos como el de Agostina, aprovecho para hablar del tema, tratar de educar un poco. Una sola vez un varón me dijo: ‘Sí, tenés razón’. El resto de las veces tratan de dar vuelta el argumento, hacen de abogado del diablo…lo mismo con el tema de las falsas denuncias. Te dicen: ‘¿Y si soy parte del 0,0000 y no sé cuanto por ciento que me denuncian y no hice nada?’ Increíble, ellos mismos te tiran ese porcentaje ridículo».

A su lado, su amiga continúa: «También, cuando les contás que cuando vas a una cita lo primero que haces es compartirle la ubicación a tus amigas, te responden: ¿pero con qué tipo de chabones te juntás? Como si el problema es que elegimos mal a los hombres. La mejor prueba de que ellos viven sin miedo y nosotras no es que yo jamás invitaría a un pibe que no conozco a mi casa y ellos se invitan a la mía todo el tiempo».

La experiencia no es mejor con sus compañeros de militancia. «Violencia, acoso, abusos, mansplaining…y después se acuerdan de nosotras cuando hay que armar listas», dice una y todas se ríen. «No conozco a una piba que haya militado y no conozca al menos de un abuso», concluyó otra. 

En todas las conversaciones se repite la misma idea: «De eso no se habla», «es incómodo» o «les incomoda» a los hombres. Florencia tiene 29 años y hoy, por primera vez, decidió llegar más tarde a su casa en Monte Grande, e ir a la marcha después del trabajo. Se cansó, dice. «No puede ser que como sociedad solo reaccionemos cuando aparece un cuerpo reventado. Uno se pregunta hasta cuándo, pero después vemos que la sociedad sigue cuestionando a la víctima o sigue creyendo que los que nos asesinan son monstruos. No, son tipos comunes. Yo le pido a mi novio que diga algo cuando dicen una barbaridad en el chat con sus amigos, pero a los varones les cuesta cuestionarse entre ellos, frenar a un amigo que dijo algo misógino o que se pasó de rosca en un boliche», explicó.

Frente a un Presidente que sostiene que los derechos son beneficios y la perspectiva de género, una forma de discriminación, seguramente el Gobierno Nacional y sus cortesanos tratarán de convertir a este Ni Una Menos en una marcha opositora, partidaria. Nada más lejano, aunque sin dudas la gran mayoría -sino todas- de las mujeres que marcharon no simpatizan con el oficialismo libertario y misógino y con su ajuste y destrucción del Estado. Pero los reclamos, la angustia, los miedos y también la esperanza que movilizó a tantas mujeres otra vez está dirigida a toda la sociedad, no solo a sus representantes. Está dirigida a los que tienen como trabajo cuidarnos -desde el Presidente hasta los jueces- y también a esa otra mitad de la sociedad que vive con el privilegio de no tener miedo las 24 horas.