Trump-Irán: regalos, guerras y negociaciones

Por Por Daniel Kersffeld – Fuente: Página|12 – 26 de marzo, 2026

“No se declara un alto el fuego cuando se está literalmente aniquilando al otro bando”. Ni Maquiavelo, ni von Clausewitz ni, mucho menos, Sun Tzu.

Fue Donald Trump (foto) quien se expresó de ese modo el pasado 20 de marzo: 72 horas más tarde se pronunció, en cambio, por llegar a alguna forma de acuerdo con Irán en medio de una tregua de cinco días cuya negociación fue directamente negada por las autoridades del país persa. La oscilación entre la negociación y la acción bélica ya es toda una marca registrada del mandatario.

Los constantes cambios en la estrategia del gobierno estadounidense responderían a objetivos políticos, directamente ligados con la evolución de la guerra, pero también apuntarían a lo económico y al siempre cambiante mercado de recursos estratégicos y energéticos.

El llamado al diálogo habría surtido efecto ya que, casi de inmediato, provocó un repunte en Wall Street y una fuerte caída en el precio del crudo Brent, en una condición que se modificó una vez que Estados Unidos recuperó su iniciativa bélica. La especulación financiera y las guerras se retroalimentan mutuamente e incluso las treguas pueden obtener un alto precio en el mercado.

En un escenario totalmente crítico para Medio Oriente, el gobierno de Pakistán se convirtió en un mediador insospechado. Más aún, cuando se toma en consideración que, al inicio de la guerra, Islamabad ofreció su producción nuclear a Teherán para fortalecer su defensa común frente a lo que interpretaron como una ofensiva bélica occidental en sus propias fronteras.

Pero Pakistán no estaría solo en esta tarea, ya que Turquía, Egipto y Omán también son interlocutores en las negociaciones que, más que buscar la paz, pretenden la libre operatividad en el Estrecho de Ormuz, el estratégico paso por el que circula la quinta parte de la provisión global de gas y petróleo y cuyo control constituye hoy el principal desvelo de Trump.

Frente a la marcha y la contramarcha de la guerra, las diferencias entre los dos gobiernos en disputa son cada vez más evidentes. Si en medio de la resistencia y frente al asedio, Irán se desenvuelve como pura frontalidad y como una unidad en torno a la religión chiita pero también en torno a un fortalecido nacionalismo persa, Estados Unidos, en cambio, está sumido en diferencias cada vez más contrastantes entre quienes defienden la intervención en Medio Oriente para refrenar lo que suponen una amenaza a la seguridad nacional, y aquellos otros que optan por privilegiar el aislamiento para concentrarse en los problemas que desde hace tiempo aquejan al país.

Unos y otros conviven de manera forzada en el gobierno de Trump que, desde la semana pasada, ha comenzado a traslucir que las fricciones internas pueden derivar en salidas abruptas, como ocurrió con el otrora responsable de contrainteligencia, Joe Kent, un militar y activista de MAGA, la extrema derecha del Partido Republicano, que manifestó públicamente su desacuerdo en considerar a Irán como una auténtica amenaza que justifique la participación de Estados Unidos en una guerra ajena y alejada de los que deberían ser sus verdaderos intereses nacionales.

A continuación, las afirmaciones de Tulsi Gabbard, la directora nacional de Inteligencia, quien aseguró no tener evidencia de que Irán esté enriqueciendo uranio para convertirse en una potencia nuclear, no hicieron sino aumentar la desorientación de un régimen que, en medio del conflicto armado, parece comportarse de un modo cada vez más confuso y errático.

En estas circunstancias, y sin mayor margen de maniobra, Trump aprovecha para sacar ventaja de las propias contradicciones de su gobierno, lo que sólo alimenta la incertidumbre que Estados Unidos parecería haber normalizado como una condición de su política exterior: la combinación de amenazas con ambigüedades se aplicó a finales del año pasado en torno a Venezuela, la sostiene ahora frente a Irán, y la mantiene para avanzar en un futuro cercano ante Cuba.

A diferencia del gobierno de Trump, la ultraderecha israelí se encuentra plenamente alineada y embarcada en una guerra a todo o nada contra su principal enemigo.

Con una importante salvedad. No se trata de un conflicto más: sino de una “guerra santa” en la que la lucha por la supervivencia y por mostrar fortaleza en Medio Oriente, paradójicamente, evidencia una vulnerabilidad defensiva cada más profunda. Un escenario que podría situar a Israel en desventaja frente a otros actores con poder de fuego, aun si logra mellar la capacidad ofensiva de Irán y si ocupa, de hecho, la franja sur de El Líbano, como ocurrió hace ya casi cincuenta años, sin impedir ni la formación ni el ascenso de organizaciones terroristas como Hezbolá.

Después del sorpresivo atentado terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023, Benjamin Netanyahu no puede permitirse una nueva derrota, está vez, a manos de Irán. No es el legado que el líder israelí imaginaba. Las próximas elecciones generales, que deberían celebrarse a fines del próximo mes de octubre, y que podrían desbancarlo del poder son, por ahora, lo único que verdaderamente inquieta al añejo caudillo, acusado en distintos procesos judiciales por corrupción.

Las dificultades de Estados Unidos para triunfar contra Irán en menos de un mes, tal como había sido inicialmente previsto, se deben en parte a la negativa de los socios europeos de la OTAN a apoyarlo en su ofensiva, así como a contribuir en la liberación del Estrecho de Ormuz.

Parece mentira que en pleno 2026, se le deba explicar al inquilino de la Casa Blanca que, más allá de discursos y argumentaciones, la Alianza Atlántica sólo se activa frente a lo que desde Europa se consideran como amenazas por parte de Rusia y que, aunque se invoque al conocido artículo 5° del estatuto, los demás integrantes no correrán a salvar a Estados Unidos, más aún, de una guerra planificada y ejecutada desde el Pentágono contra una potencia media del continente asiático.

Con todo, el enojo de Trump parece justificado: en 2025, el gasto en defensa de Estados Unidos se estimó en 845.300 millones de dólares, de un total de 1,4046 billones de dólares del gasto de la OTAN, lo que representa que Washington asumió más del 60% del total. Teniendo en cuenta estos números, resulta entendible que Trump califique a sus socios de “cobardes”…

Frente a un escenario crítico y sin mayores perspectivas de solución en un corto y hasta en un mediano plazo, Rusia y China defienden sus argumentos para ubicarse al margen de la guerra, aunque ello no supone que se mantengan indiferentes ante el desarrollo de los acontecimientos. Si la crisis aun no explotó y se encuentra contenida en Medio Oriente se debe a los buenos oficios de las dos potencias y a la diplomacia oficial y paralela que están articulando desde un primer momento, tanto para aquietar a Irán como para refrenar a Estados Unidos y a Israel.

Ahora el interés está puesto en el listado con 15 demandas que Estados Unidos le habría presentado a Irán y que, entre otros aspectos, incluiría el cese del programa nuclear a cambio del eventual fin de las sanciones económicas.

Mohammad Bagher Qalibaf, el titular del parlamento persa sería hoy, según Trump, “el más respetado líder” de Irán y el interlocutor privilegiado de Washington en una supuesto política de acercamiento que, incluso, habría motivado el envío de un inesperado “regalo” a Estados Unidos vinculado al petróleo y al gas, en una referencia velada a la reapertura limitada del Estrecho de Ormuz, al menos, a buques no hostiles, lo que fue interpretado desde la Casa Blanca como un principio de aceptación de los 15 puntos. Con todo, el gobierno persa manifestó el rechazo absoluto a un plan de paz que, en su opinión, sólo sirve para encubrir la derrota militar de Occidente.

Más allá de si efectivamente fue encarado un proceso secreto de diálogo y negociación entre ambos gobiernos, cualquier avance realizado desde las sombras podría resultar infructuoso. Sobre todo, si el barco de asalto anfibio USS Trípoli, el buque de transporte anfibio USS New Orleans, y aproximadamente 2.200 infantes de marina y mil paracaidistas arriban a Medio Oriente a partir del próximo viernes 26 de marzo. La temida expansión de la guerra está más cerca de lo que parece.